En el desierto del Najd, en Arabia, hace muchos siglos, nacieron dos niños de tribus beduinas: Qays ibn al-Mulawwah y Layla bint Mahdi. Se conocieron de pequeños mientras aprendían a leer y escribir. Entre lecciones y versos, se enamoraron.
Qays no supo callar lo que sentía. Empezó a recitar poemas con el nombre de Layla en los mercados, frente a todos. En su cultura eso era un insulto grave: mencionar a una mujer soltera en público manchaba el honor de toda su familia. Por eso la gente le puso un apodo: Majnún, “el loco”, “el poseído”. Ya no era Qays. Era Majnoun Layla, el alocado por Layla.
El padre de Qays fue a pedir la mano de Layla, pero el padre de ella lo echó. “No caso a mi hija con un hombre al que todos llaman loco”, dijo. Para enterrar el escándalo, casó a Layla rápido con otro hombre, un noble llamado Ward. Layla se fue con él, pero su corazón se quedó en el desierto. Nunca dejó que su esposo la tocara. Se fue apagando de tristeza.
Cuando Majnoun supo que Layla se había casado, perdió la razón de verdad. Se arrancó la ropa, dejó su casa y se fue a vivir entre las dunas. Comía hierbas, bebía de los charcos, hablaba con las gacelas y escribía versos en las piedras con una roca afilada. Su padre lo buscó, lo encontró flaco y quemado por el sol, y se lo llevó a La Meca para que rezara y olvidara a Layla. Frente a la Kaaba, Majnoun levantó las manos y dijo: “Oh Dios, no me quites este amor. Auméntalo”.
Ya no quería casarse con Layla. Ella había dejado de ser una mujer para él: se había vuelto el Amor mismo. A veces lograban verse a escondidas. Él solo la miraba y lloraba. Ella tampoco decía nada. No hacía falta.
Los años pasaron. Layla enfermó de pena, encerrada en la casa de su esposo. Murió joven. Cuando la noticia llegó al desierto, Majnoun caminó días sin parar hasta su tumba. Se acostó sobre la tierra que la cubría, recitó un último poema y ahí se quedó. No volvió a levantarse.
Tiempo después, unos viajeros los encontraron. Dos esqueletos abrazados sobre una tumba sin nombre. Intentaron separarlos y los huesos se deshacían. Así los dejaron: juntos, como no pudieron estar en vida.
La historia nació como leyenda oral entre las tribus beduinas de Arabia en el siglo VII, con poemas atribuidos a un tal Qays. Pero quien la convirtió en la obra literaria que conocemos hoy fue el poeta persa Nizami Ganyaví en el año 1188, con su poema épico Leyli o Majnun.
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